Marcos Carámbula

TOMÁS DE MATTOS

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Versión taquigráfica del Homenaje a Tomas de Mattos en el Parlamento

 Señor presidente: en primer lugar, quiero agradecer al Cuerpo por la decisión unánime de realizar este homenaje a Tomás de Mattos. A su vez, agradezco una elocuente nota –a la que se dará lectura en su momento– que nos han hecho llegar América, su esposa, e Ignacio, su hijo, debido a que hoy no podían estar presentes aquí. 

También quiero agradecer especialmente a queridos amigos de Tomás, que han llegado desde Tacuarembó. En su carta, América nos decía que hoy iban a estar presentes sus amigos, sus hermanos Pablo Inthamoussu, Ana Rodríguez y Jesús Ariel Casco, integrantes de la Junta Departamental de Tacuarembó y colegas de Tomás.
En la mañana del lluvioso lunes 21 de marzo, en su pueblo, en la esquina de su casa, murió Tomás a los 68 años. Había nacido en 1947.


Como él mismo se encargaba de aclarar, no nació por accidente en Montevideo: para nacer, nació en Montevideo. Dos embarazos previos de su madre, que no llegaron a término, indujeron a su padre, el doctor Secundino de Mattos, a asistir el parto en Montevideo con el profesor Crottogini. Detengámonos un momento a pensar en la mágica coincidencia de que el nacimiento de Tomás confluyera con la intervención de un formidable hombre de ciencia, el profesor Crottogini, quien decía: «La bondad cura». A los pocos días ya estaba en su Tacuarembó natal, decimos nosotros.


Hijo del médico Secundino de Mattos y de Dora Hernández, se casó con una médica, América Rodríguez, compañera de su vida desde los 17 años. Vaya a ella mi fraternal saludo y recuerdo. Su hijo Ignacio, también médico, ejerce hoy en Artigas.
Su entrañable amigo Mario Delgado Aparaín siempre cuenta, con mucha gracia, que Tomás no fue médico por una palangana o, como él decía, «me salvó una palangana de ser médico». Acompañaba a su padre en las visitas en los barrios, en los suburbios, en la periferia de Tacuarembó, y las palanganas de curación a domicilio le generaban tanto desagrado que lo indujeron a no seguir el camino de la medicina.


Y aquí viene a nuestro recuerdo un extraordinario contrapunto con José Pedro Barrán en el sindicato médico acerca de la medicalización de la sociedad.
Tomás fue abogado de profesión, periodista, escritor, académico emérito de la Academia Nacional de Letras de nuestro país. A lo largo de su vida recibió numerosos y valiosos premios. Fue director de la Biblioteca Nacional entre 2005 y 2010, y se volvió a Tacuarembó.


Dice Tomás: «Nunca seguí la moda, siempre escribí lo que se me antojaba». A los 17 años –¡a los 17 años!–, a través de su maestro, amigo y confidente Washington Benavides, envía sus primeros trabajos a Ángel Rama, quien lo incluye en su antología Aquí, cien años de raros, nada más ni nada menos que junto a Felisberto Hernández, Marosa di Giorgio e Isidore Ducasse, entre otros. Ya en aquellos tiempos comienza a publicar en Marcha, en Época, en La Mañana Cultural, que dirigía Mario Benedetti; luego, en El País Cultural y, hasta este año, en Caras y Caretas.


Benavides dijo: «Para el tacuaremboense común, murió "Tomasito". Ese Tomasito que se fue gestando, paso a paso, como uno de los mayores creadores de relatos y novelas». Y Rama señaló: «Quiero más relatos de ese muchacho De Mattos».
Sus primeros trabajos fueron libros de cuentos como, por ejemplo, Libros y perros; Trampas de barro, de 1983, uno de los cuentos más hermosos de la literatura americana, «magistral», dice la crítica; La gran sequía, de 1984, cuentos que fueron escritos durante la dictadura.


Cuatro años después, al decir de Pablo Rocca, se vuelve involuntario best seller con ¡Bernabé, Bernabé!, la novela que marcó un hito absoluto en la literatura uruguaya. Una de sus metas fue lograr la sencillez de lo complejo. ¡Bernabé, Bernabé! rompió con todos los parámetros de la época, novelando con sólidas referencias históricas, la historia de Bernabé Rivera. Raviolo, su editor, señala: «Se documentó exhaustivamente, se metió en una época y unas mentalidades que no eran las suyas y fue capaz de ver allí hombres, no macchiette [personajes caricaturescos], fue capaz de recrear ambientes y caracteres, dramas y mentalidades, individuos y clases sociales, patricios y gauchos crudos, caudillos y pueblo. Puso aventura e intriga, suspenso casi detectivesco, aliento épico, ironía, sutileza, indignación y el resultado fue esa maravilla de estilo y estructura».


Tuvo una enorme importancia –dice Pablo Rocca– en momentos en que se salía a los tumbos de la dictadura porque el relato fue capaz de hablar del pasado lejano y, más aún, supo discutir con fineza aquel presente, que aún hoy no se ha resuelto, de crímenes impunes, discriminaciones y voces silenciadas. El propio Tomás define los motivos: «Te diría que en todas mis novelas hay ficciones; en todas, siempre hay un pre-texto. Me gusta jugar con los dos sentidos del término: es el pretexto, es decir, el motivo por el cual escribo y, por otro lado, también es el pre-texto, esto es, el guión. En estas novelas el pretexto –el motivo– es algo que me interesa vitalmente: el misterio. El Misterio, escrito con mayúscula, que es un conjunto de misterios. Puede ser un misterio laico –el sentido del universo, por ejemplo– y también puede ser un misterio de Dios; y en este último caso estaríamos hablando de la ética y de cómo –desde una perspectiva religiosa– podemos ser felices. Se trata del misterio de la sabiduría, cómo discernir el bien y el mal y alcanzar la felicidad. Cuando escribí ¡Bernabé, Bernabé! Era, lisa y llanamente, un pretexto en el doble sentido de la palabra; sobre todo, era un pretexto para poder hablar de los hechos históricos recientes. [ … ] Lo que más me interesaba era reflexionar sobre la verdad; [ … ] somos muy evolucionados en el conocimiento, pero no tenemos sabiduría. Y resulta que es en la sabiduría donde reside la felicidad, no en el conocimiento. Pienso que la búsqueda de la sabiduría ha sido sustituida por la de la eficiencia».


La potencia creativa de Tomás siguió su curso desde aquellos primeros cuentos: el policial de atmósfera campera A la sombra del paraíso –una verdadera pieza maestra del género–; La fragata de las máscaras; sus caudalosas novelas como El hombre de marzo, sobre José Pedro Varela, siguiendo la tradición de la novela del siglo XIX, que veneraba y conocía como pocos. Él describía la metáfora de la casa grande –tal vez la de su propia casa– en una época compleja que le apasionaba, con personajes como Julio Herrera, Carlos María Ramírez, José Pedro Ramírez, Bauzá, Acevedo Díaz y, antes, Venancio Flores y Berro. Trabajó once años en la novela sobre Varela.


Rocca señala que Tomás De Mattos es un escritor clave en la literatura americana de fin de siglo y lo corrobora Mario Delgado diciendo que, con su característica humildad, se describía en términos futbolísticos diciendo que, tal vez, era valioso adentro del país y no afuera. ¡Vaya si se equivocó!
Hugo Achugar decía que era un cristiano comprometido con la revisión de la historia. La obra La puerta de la misericordia, que el propio Tomás en un reportaje en el diario El país, de Madrid, define como la novela de su vida, recrea la vida de Jesús explorando su conciencia y, como él dice, como la vimos y sentimos nosotros, con puertas de fuga en cada escrito para el ateo que la lee. ¡Cuarenta años de maduración invirtió para escribir esta novela! Profundamente racional en su literatura, en su búsqueda, los vasos comunicantes con el racionalismo de Ardao, dice Mario Delgado. «este carpintero, irónico y agudo, que discute y torea al adversario mientras bebe su vino, resulta de una audacia sorprendente. De Mattos logra darle vida y acercarlo al lector, haciéndolo visible, [ …]» –dice Rosario Peyrou– «propone la necesidad de la conversión como transformación moral del corazón».
La puerta de la misericordia es una obra maravillosa. Dialoga con la vida del Jesús de Saramago –él lo dice–, con Dostoievski, en calidad, en profundidad, en la dialéctica de diferentes visiones filosóficas, profundamente humanas.


Achugar señala con respecto a La fragata de las máscaras –que reescribe la novela Benito Cereno, de Herman Melville– que la versión de De Mattos se publicó en medio del debate internacional sobre la reescritura histórica y ha sido catalogada como una obra fundamental por los latinoamericanistas.
Como se recoge en un medio de prensa, Raviolo definió, en muy apretada síntesis, que en verdad su obra se asentaba sobre los temas de siempre: el poder, la culpa, el miedo y la responsabilidad, pero se distinguía por su poderoso impulso creador, su talentosa capacidad para contar historias, mientras a su alrededor se volvían cada vez más imprecisas las fronteras entre la cordura y la locura, y entre la bondad y la maldad.
Carlos María Domínguez afirma que es el escritor que el Uruguay reclamaba desde hace tiempo: novelista de largo aliento, de serena y pausada ambición, que hizo pie en la historia con la idea de que la realidad es una caldera de cuentos y la imaginación es la pesquisa de su fatalidad. Y agrega que pocas veces la literatura del continente dio un paso tan maduro en la reapropiación de su historia como lo hizo Tomás De Mattos.


Podríamos describirlo, en lo personal, desde los sentimientos –fuimos buenos amigos, fui su médico por un tiempo, pero ambos lo rescindimos de común acuerdo y me lo recordaba con su sonrisa cada tanto, dada su insobornable condición de fumador–, pero prefiero que el propio Tomás se defina. Es lo que importa, más allá de estos comentarios tan significativos sobre lo que fue su obra, que merecerían insumir largo tiempo y respecto de la cual Mario Delgado decía: pasarán décadas para valorarla en toda su dimensión.
Decía Tomás: «No tuve afán de lucro». Ese es un principio benavidiano y definía a ese maravilloso grupo de Tacuarembó como el círculo de Benavides formado por Darnauchans, Circe Maia, Ortíz y Ayala, los Eduardos, Eduardo Millán, Larbanois, Numa, Carlitos Benavides, Víctor Cunha. No vender el arte, que el arte sea lo que uno siente. Tomás decía que la creación tiene tres enemigos: primero, cuando el escritor da toda su fuerza para un tema banal; segundo, el hecho que se apresura, no se da tiempo y da una fruta verde y tercero –lo que es terrible–, supeditar la realización de la novela, la escritura, al lucro para sacar una novela por año.


Fue director de la Biblioteca Nacional y él mismo decía que fue una experiencia dolorosa. Compartimos esos tiempos y su enorme preocupación por la burocracia, por los tiempos. Él nos deja un compromiso: el sistema nacional de bibliotecas públicas por lo que tanto peleó incansablemente. De Mattos decía que la Biblioteca Nacional no puede ser la biblioteca de Montevideo o del Cordón.
Peleó por la digitalización cultural de la sociedad, por la descentralización y por el aprehender la cultura de cada rincón. Al respecto, Benavides decía: «Descubramos la cultura en cada rincón». Tomás nos hizo pensar y ver con su prosa, sus cuentos y su novela, más allá del Río Negro, la cultura de frontera, los residuos de la esclavitud y la apasionante mixtura del norte.


Justamente, una de sus alegrías fue la descentralización de la universidad y, en este sentido, destaco su apoyo al Centro Universitario de Tacuarembó y su aporte, en la cátedra, a los temas patrimoniales y culturales, con tanta riqueza.
Tomás de Mattos también fue profundamente artiguista y en un extraordinario diálogo, a varias voces –allí estaba también el entonces presidente Mujica, Ana Frega y Daniel Vidart–, resaltaba el carácter de Artigas, de hombre que miraba desde la campaña y rescataba la soberanía particular de los pueblos, especialmente la soberanía de los pueblos pequeños. Como bien decía el señor presidente, justamente, en estos días en que se inaugura la nueva sede del Centro Regional de Tacuarembó, Tomás estaría muy contento.
En un intento por definir la muerte, decía que le estaba pasando lo que su padre le había dicho, que en definitiva la muerte no es un instante, sino una sucesión de eventos y que te vas muriendo con tus amigos. ¡Cuánta razón tiene Tomás! Decía que con cada amigo que muere, muere un pasado compartido que no puede compartirse con otros. Con respecto a esto también agregaba: «Soy católico; siempre fui católico. Yo, más que miedo a la muerte, le tengo miedo a la decadencia. Sufro la decadencia». ¡Y vaya si Tomás la sufría! Sin embargo, entendía a la muerte como un componente físico de la vida, sembrando en la tierra.


Decía Tomás: «Una de las pocas convicciones que tengo en mi vida es que la felicidad no tiene nada que ver con el placer necesariamente, ni con la alegría, ni con la placidez. Tiene que ver con una tranquilidad de conciencia drástica, radical, con perseguir metas nobles, con el desapego». Así fue Tomás; comprometido con su tiempo, con su visión, con la izquierda, con su fuerza política, el Frente Amplio, militante generoso donde estuviera.


Mario Delgado Aparaín decía que era un santo, de una bondad infinita, solidario como pocos, con una cultura vastísima, admirable, y un grande de la literatura americana. Destaco su humildad y calidez porque era capaz de viajar de Tacuarembó a Salto en un camión de carga, haciendo dedo, para dar una conferencia –tal como lo cuenta Isobel Rubbo– o de emocionarse hasta las lágrimas con María Magdalena Salvia de Errandonea, madre de Pablo, desaparecido, quien escuchaba su conferencia y a quien dijo: «No podía tener otro nombre esa madre». También, como pudimos comprobarlo la última vez que lo vimos, antes de fin de año, era amigo de los trabajadores, de los compañeros trabajadores del Sunca, a quienes apoyó en la biblioteca y con quienes mantuvo lindas charlas confidenciales.


Nuevamente destaco su humildad, calidez, coherencia y su fiel adecuación, como él mismo decía, a los principios que orientan a nuestra conciencia. ¡Vaya si Tomás fue coherente!
Por otro lado, quiero mencionar su profundo y muy disfrutable humor que se expresaba en su vida y en sus textos cotidianos. En el homenaje que se le hizo en la Junta Departamental, su amigo y hermano Ariel Casco dijo: «Por ahí irá gritando los goles de Tacuarembó o de Peñarol». Nos viene a la memoria el relato de la final con Hungría en el 54; maravilloso texto que vale la pena leer, puesto que tiene que ver con las identidades.


Para finalizar, quiero leer en este recinto –vale la pena leerlo y releerlo– el final de su tan disfrutable cuento Padres del pueblo. Al final del cuento dice: «Aquí, todos, todos los que somos el pueblo, los escépticos y los ilusos, los más y los menos, los desde hace mucho postergados volvimos a llamar a Dulcinea. Y hasta que nos den las fuerzas, pase lo que pase, se pierda o se gane, la seguiremos buscando, con miedo o sin él, aunque como tú estás temiendo, nunca pudiéramos encontrarla».
Gracias, Tomás, por tu vida, por tu compromiso, por tu obra, por tu humanidad, por tu amistad, por tu bondad. Nos haces creer en el hombre, nos haces celebrar la vida.


Muchas gracias.